miércoles, 19 de enero de 2011

¿Por qué a los escritores les gustan los gatos?

Fuente: Hipercrítico
¿Y QUÉ PASA CON LOS PERROS?
Por: Cicco. 
28 de agosto de 2008

Entre las celebridades, abundan los nombres de escritores famosos que amaban a los gatos. Esta vez no me refiero a los gatos que, de tanto en tanto, se ponen en cuatro. Sino, pura y exclusivamente a los gatos que viven las 24 horas en cuatro. Ernest Hemingway tenía un montón. Mark Twain tuvo nueve. Colette tuvo 16 y a uno le dedicó un libro. Lord Byron viajaba con sus cinco gatos. H. G. Wells tenía uno al que llamaba Mr. Peter Wells. Edgar Allan Poe tuvo uno apodado Catarina, que lo inspiró para una obra. Borges tenía dos, Odín y Beppo, y a uno le dedicó un poema. Y Osvaldo Soriano juraba que un gato le había dado la idea del cierre de su novela “Triste, solitario y final”. Soriano incluso llegó a escribir: “Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos”. Pero, ¿por qué esta gente disfruta de los gatos y detestan a los perros? ¿Por qué es cool, intelectual y bohemio tener gatos, mientras que resulta boludón, decadente y necesitado tener perros? ¿Por qué toda esta gente seria, lúcida e inteligente tiene gatos y la única relación de los perros con celebridades se remite al chihuahua de Paris Hilton? 


A lo largo de la historia, la ilustre asociación entre intelectuales y perros puede sintetizarse en este único elemento: una vez, Sigmund Freud tenía un Chow Chow apodado Jo Fi.

Ahora bien, usted dirá: ¿qué tienen que ver una columna sobre gatos, en un sitio de crítica de medios? Nada en absoluto.

Sabido esto, podemos continuar sin problemas.

Todo escritor considera a su gato un hermano del alma. Un ser de la noche. Un animal que no necesitan mendigar de su cariño para sentirse realizados como los perros, esos babosos buenos para nada. Pero este es un duelo que no termina nunca, porque, ¿son mejores mascotas los gatos que los perros? ¿Es mejor que nos dejen sentirnos libres y sean independientes, o es mejor que, de tanto en tanto, nos laman sinceramente los zapatos y nos hagan sentir cuánto nos necesitan?

Hay innumerables rastros de perros en la literatura. Miguel de Cervantes, Franz Kafka y hasta el gran Homero, consagraron varias líneas a perros en sus obras. Incluso, existen novelas enteras desde el punto de vista de perros, como “Flush” de Virginia Woolf, “Tombuctú”, de Paul Auster y un puñado de novelas de ciencia ficción. Sin embargo, es poco lo que se conoce de la inserción de perros en la vida cotidiana de los escritores. Se sabe apenas que Kafka tuvo varios perros, pero después decidió apartarlos de su vida misteriosamente.

Sin embargo, a la hora de analizar las virtudes espirituales y metafísicas de los gatos –algo por otra parte incomprobable-, hay que contraponer algo palpable, verídico y sumamente real: en este mundo, es mucho lo que han hecho los perros por nosotros, mucho más que, por ejemplo, los políticos y los Ministros de Acción Social.

La universidad de Connecticut, de Mississippi, la universidad de Yale, la de Georgetown, la de Texas A&M, la de Georgia, la de Tennessee, la de Wahington y hasta la marina norteamericana, tienen perros representativos como mascotas, en homenaje a sus méritos. Las primeras investigaciones serias sobre reacciones condicionadas se las debemos a los perros de Pavlov. Y uno de los grandes logros por el control de la diabetes es mérito de otro perro, Marjorie, quien sobrevivió 70 días sin su páncreas, mientras los médicos lo estudiaban.

Los perros tienen récords imbatibles y eso no es porque yo tenga la camiseta puesta, es historia pura. El primer animal en entrar en órbita fue un perro, una siberiana llamada Laika a bordo del Sputnkik 2. Hay episodios de perros convertidos en héroes por su desempeño en la guerra. Hubo uno en 1944, que fue oficialmente alistado en la Royal Navy. Y otro perro apodado Judy, registrado por el ejército aliado como prisionero de guerra en Japón. Hay perros empleados como oficiales del servicio postal y, naturalmente, al servicio de la policía antinarcóticos.

Le debemos muchas cosas a nuestros perros. Cada dos por tres, siempre hay un perro salvando la vida de nuestros hijos. Sin embargo, cuando aparece un gato en las noticias es porque lo tuvieron que ir a rescatar los bomberos. A los gatos, acéptelo de una buena vez, no le debemos un comino.

La única vez que adopté un gato, sentía un extraño olor cada vez que iba a dormirme. Al mes descubrí que al gato le encantaba cagarme debajo de la cama. A los pocos días, terminó en la Costanera Sur, con una patada en el culo.

No entiendo a los gatos. No entiendo qué buscan ni qué quieren decirme. Y no creo que nadie, por más que lo jure por su madre, los comprenda. Los perros, en cambio, pueden leerse con nitidez. A un gato uno duda hasta de si tiene hambre o si tiene una erección.

Un amigo tiene tres gatos en la casa. Una vez que fui a visitarlo, uno de sus gatos más bonitos se subió a mi regazo. Acepté esto como una silenciosa señal de amistad. Como un gesto en señal devolución de afecto, le quise besar la cabeza a este gatito tan lindo y mimoso. Al segundo siguiente, mi labio estaba partido en dos de un zarpazo como un cierre con velcro. Aún recuerdo que mientras tomaba vino, la sangre caía por la copa y se unía al tinto. “¿Pero no era que éramos amigos? ¿Y por qué se subió si yo no lo llamé? ¿Quién se cree que es este pelotudo?” Lo peor del caso es que los gatos son tan rápidos que es difícil acertarle una buena patada. “Tiene un carácter fuerte”, es lo único que explicó mi amigo con algo que, intuía yo, era orgullo, la parte espiritual de los felinos que los hace tan atractivos para cierta gente. Para mí, sin embargo, era un acto insoslayable de traición. Con estos dos elementos en mi haber, me convertí en un abanderado en la lucha contra los gatos y un defensor ortodoxo de los canes.

En la Argentina, los perros son mayoría. Según la Cámara de Empresas de Nutrición Animal, existen nueve millones. Contra 3,5 millones de gatos que, si fuera por mí, los pasaría a todos por la picadora eléctrica.

No deje que los gatos invadan su vida. No deje que los convenzan de que son seres nocturnos, exóticos y que están elevados espiritualmente. Los gatos no son buenos compañeros. Ni le soplarán ideas para su próximo best-seller. Los gatos son basura. Habría que becar a un grupo de chefs para que empiecen a elaborar recetas interesantes para transformar radicalmente la existencia de los gatos y meterlos en la cacerola de una vez por todas.
(Los editores de Hipercrítico juran que el autor de esta columna jamás abandonó un gato y que tampoco es su expreso deseo servir a los felinos al plato en restoranes. Es parte del extraño humor del columnista que, por otra parte, ama la naturaleza y vive en el campo en armonía con todos los animales)

2 comentarios:

  1. Las mascotas se parecen a sus amos. Perciben intenciones muy profundas. Agradecé que ese gato no te sacó un ojo, por sacar a patadas a un congénere.
    Yo he disfrutado de ambos, pero he descubierto que los gatos se expresan muy bien con sonidos y gestos, mientras que los perros tienen sonidos más limitados, pero en gestos son más ricos. Ambos son telepáticos.
    Y no tienen que servir para nada. Sólo que sean peluditos y calientitos.

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  2. Yo prefiero mil veces a los gatos, y me parece fatal tu último párrafo, tal y como está el tema del maltrato animal no hay que jugar con ello. Los gatos tienen un sexto sentido para saber si las personas son buenas o no, hizo bien en darte, seguro que te mereces unos cuantos mordiscos y zarpazos más.

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